Los romanos dotaron de infraestructuras viarias a media Europa hace más de 2000 años; su trabajo era tan concienzudo que muchas de las vías que crearon se han utilizado hasta época muy reciente. Una de las vías romanas más conocidas era la que unía dos de las capitales del oeste peninsular, Emerita Augusta (Mérida) y Asturica Augusta (Astorga); los romanos la denominaban “iter ab Emerita Asturicam” (desde Mérida hasta Astorga), y en la Edad Media comenzó a conocerse como Vía de la Plata.

La Vía de la Plata se convirtió con el tiempo en uno de los muchos caminos a Santiago, y a Mérida llegaban peregrinos del sur peninsular que se dirigían hasta Astorga para seguir desde esta ciudad el camino tradicional a Santiago de Compostela. En tiempos más recientes, con el Camino de Santiago convertido en reclamo turístico de primer orden, se ha promovido la puesta en valor del denominado Camino Francés y de los caminos alternativos (el Camino del Norte, el Camino Portugués o la propia Vía de la Plata, entre otros).

La Vía de la Plata se ha consolidado en los últimos años como una ruta con personalidad propia, capaz de atraer a caminantes y ciclistas por sí misma, y ciudades como Sevilla o Gijón han puesto en marcha un sucedáneo de Vía de la Plata que lleva por nombre “Ruta Vía de la Plata” y que desde algunas administraciones se ha promovido alegremente con fondos públicos. Hace ya unos cuantos meses que puse los puntos sobre las íes, pero cada cierto tiempo vuelvo a encontrarme referencias a la dichosa rutavía que me obligan a tocar de nuevo el tema. En cualquier caso, y para no dar más publicidad a estas gentes, allá va una selección de lecturas para quienes prefieren vías con 2.000 años de historia a rutavías de los 80: