Cuando paseo por las calles de Shanghai y a cada momento me cruzo con un chino, me pregunto si es éste confuciano, taoista o budista. Pero esta pregunta resulta confusa y no aborda el quid de la cuestión. Pues la gran fuerza del pensamiento chino radica en su elástico y conciliador sincretismo, en hacer confluir en una sola corriente toda una serie de tendencias, posturas y actitudes, con la proeza de que en esa convergencia no se han perdido la sustancia, el fundamento de ninguna de las escuelas. A lo largo de los miles de años de la historia china han pasado cosas de lo más diverso: ya dominaba el confucianismo, ya el taoismo, ya el budismo; en algunos periodos se producían entre ellos conflictos y tensiones, los emperadores apoyaban ya una, ya otra corriente espiritual, a veces actuaban en pos de reconciliarlas, otras en pos de enfrentarlas y enzarzarlas en una lucha, pero finalmente todo acababa en una reconciliación, en una fusión, en una forma de convivencia. El inmenso abismo de esta civilización lo engullía y lo absorbía todo para, luego, devolverlo a la superficie moldeado, con una forma inequívocamente china.
No lo digo yo, lo escribía Ryszard Kapuscinski en ‘Viajes con Heródoto‘. La cita está dedicada a todos aquellos que se preguntan cómo es posible que comunismo y capitalismo convivan en China.
Ah, aprovechando que el Río Amarillo pasa por Shandong, le deseo desde aquí toda la suerte del mundo a Alejandro Suárez.
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